• Un impulso, una llamada a la santidad: “No quiero ser santa sola” y hemos aprendido en “Gaudette exultate” que la santidad es seguir a Jesús, es dejar que Él resplandezca en nuestra vida, es transparentarle a Él, es vivir la vocación a la que fuimos llamados.
  • Un impulso misionero. María Emilia fundó la Congregación con un deseo, un fin principal: “ganar almas para Dios”, que este también sea nuestro deseo, compartir lo que recibimos de Dios, salir a los caminos para dialogar, aprender, escuchar, consolar. El mes misionero extraordinario, que vamos a iniciar en toda la Iglesia, pone el acento en avivar el entusiasmo misionero. Y lo hacemos en misión compartida, “juntos somos más”.
  •  Un impulso a crear fraternidades, a construir hogar, a dar respuesta al anhelo de fraternidad que tenemos los hombres y mujeres de hoy. Cultivar la cultura del encuentro, buscar a los demás al estilo que lo hace Jesús y lo vemos hacer al Papa Francisco.
  • Un impulso a la oración silenciosa, al tú a tú con Jesús Eucaristía, para escucharle, para aprender de Él. Dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium (264): “Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3).
  •  Un impulso a la fe, al amor, a la esperanza. Llenemos de relatos nuestra vida, de encuentros, de puentes, de tejidos elaborados de forma artesanal con mucho diálogo, escucha profunda y compasión. Vivamos las virtudes de forma heroica como lo han hecho los santos, como lo ha hecho María Emilia.

                                                                                                                               Elisa Mármol, missami

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